El Adviento, un viaje a la ternura y a los valores simples de la vida

 Autor: Jorge Humberto Peláez S.J.

 

Lecturas:

  • Profeta Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7
  • I Carta de san Pablo a los Corintios 1, 3-9
  • Marcos 13, 33-37

En los últimos días, las ciudades han cambiado de aspecto. Por todas partes brillan luces de colores, y en las vitrinas de los almacenes aparecen las estrellas de Belén, los pesebres y los árboles profusamente decorados. Estos preparativos nos hablan de algo muy especial que sucederá en las próximas semanas. Para los cristianos, se trata de la conmemoración del nacimiento de Jesucristo, Hijo eterno de Padre hecho hombre en las entrañas de una campesina judía; para los no creyentes, es una invitación para salir de compras y reunirse con los amigos.

Ciertamente, los comerciantes tienen derecho a ganarse la vida; necesitan recuperarse después de un año en el que la actividad económica ha estado frenada. Pero evitemos caer en las seducciones de la sociedad de consumo que nos presiona para que compremos de manera compulsiva y, en muchos casos, contrayendo deudas de manera irresponsable. Invirtamos en aquello que contribuye a mejorar la calidad de vida de nuestras familias y de las personas que nos rodean. En estas fiestas de Navidad, llevemos en el corazón a los pobres, a todas aquellas personas cuyas necesidades básicas están insatisfechas. Compartamos con los pobres, con los ancianos, con los niños. Además, debemos ser muy responsables en la forma como manejamos las basuras, que aumentan significativamente durante estas fiestas: botellas, empaques, plásticos, etc. Recordemos las fuertes palabras del papa Francisco en su encíclica sobre El cuidado de la casa común: “Se producen cientos de millones de toneladas de residuos por año, muchos de ellos no biodegradables; residuos domiciliarios y comerciales, residuos altamente tóxicos y radioactivos. La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”.

 

En este comienzo del Adviento los invito a meditar en estas dos preguntas: ¿Para qué acontecimiento nos preparamos? y ¿cómo hacerlo?

 

El texto del evangelio de Marcos nos expresa con claridad el clima espiritual que debería imperar en estas celebraciones, clima de preparación: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento”. En la primera lectura escuchamos la hermosa oración del profeta Isaías: “Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia”.

 

Nos preparamos para celebrar el regalo maravilloso del nacimiento de Jesús, en un pueblito insignificante de Tierra Santa. Ese niño, cuyo nacimiento pasó desapercibido para los poderosos de este mundo, es el Hijo eterno del Padre, que vino para descubrirnos el misterio de Dios, y cuya Pascua nosconvirtió en hijos de Dios y partícipes de su vida divina.

 

Yahvé estableció una Alianza con Abrahán, Isaac y Jacob, y fue manifestando su plan de salvación en la vida de este pueblo constituido por los descendientes de los patriarcas. Este camino pedagógico duró siglos y fue muy accidentado por las infidelidades del pueblo y de sus dirigentes. Los profetas y demás mensajeros de Yahvé fueron protagonistas muy importantes en este proceso pedagógico que preparaba el camino para el advenimiento de un Mesías, que sería descendiente de David.

 

Y cuando llega la plenitud de los tiempos, cesan los mensajeros, y la Palabra eterna de Dios se hace hombre en las entrañas de una mujer. El Padre escogió como colaboradora del plan de salvación a una joven campesina, María, quien, después de escuchar el mensaje que le transmitía el ángel, respondió: “Hágase en mí según tu palabra”. El SÍ de María dividió en dos grandes capítulos la historia de la humanidad: antes de Cristo y después de Cristo.

 

El nacimiento de Jesús es una nueva creación porque cambia el sentido de la vida y de la muerte, nos descubre que Dios es amor y nos invita a compartir la vida divina. Esta nueva creación comienza en un establo, en el silencio de la noche y no es visible para los poderosos, sino para unos pastores que fueron los testigos privilegiados.

 

Tomemos distancia de los ruidos y luces de la sociedad de consumo. Dejemos que los símbolos navideños – el pesebre con sus ovejas y pastores, los villancicos, la novena en familia – nos comuniquen su mensaje de sencillez, amor, espiritualidad, vida de familia, solidaridad con los pobres.

 

Es imposible no sentirse conmovido con las imágenes navideñas, que tocan fibras muy hondas en los niños y en los adultos. Dejémonos interpelar por ellas. Que estas semanas de Adviento sean un viaje que nos permita redescubrir la ternura, el valor de las cosas simples y la espiritualidad.


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