Yo soy el pastor... Yo soy la puerta

 Autor: Jorge Humberto Peláez S.J.

 

Lecturas:

  • Hechos de los Apóstoles 2, 14ª. 35-41
  • I Carta de san Pedro 2, 20b-25
  • Juan 10, 1-10

Jesús es un formidable pedagogo. A través de imágenes sencillas, que hacen parte de la realidad cotidiana de los que lo escuchan, va revelando el misterio de Dios y su plan de salvación. Sabe decir lo más profundo de manera simple, sin tecnicismos teológicos que causarían perplejidad en la audiencia. Esto nos hace pensar en la importancia que tiene la adecuada formación de los catequistas y candidatos al sacerdocio para que puedan presentar los grandes misterios de la redención y las enseñanzas de la Iglesia con la metodología y el lenguaje que les permitan llegar a cada uno de los grupos con los que interactúan.

En el evangelio de hoy, el Señor utiliza dos expresiones que tienen sentido en sí mismas,  para comprender las cuales el pueblo no necesitaba desarrollos teóricos para captar el mensaje; Jesús les dice: Yo soy el pastor; Yo soy la puerta. Los invito, pues, a focalizar nuestra meditación dominical en estas dos imágenes.

 

Empecemos por la imagen del pastor: “Las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz”.

  • Cuando los seguidores de Jesús lo oyen hablar en estos términos, inmediatamente captan el mensaje, pues muchas veces ellos han trabajado como pastores. Conocen las tareas propias de este oficio, y el tipo de relación que se establece con las ovejas del rebaño.
  • El pastor cuida, guía, cura, se preocupa por el alimento; debe estar atento a las amenazas de los ladrones y de los depredadores.
  • En los textos del Antiguo Testamento, con mucha frecuencia se utiliza la imagen del pastor paraa expresar la relación entre Yahvé y el pueblo de la Alianza. Este simbolismo era evidente para un pueblo cuya economía estaba centrada en las labores del campo.
  • Esta simbología del pastor es retomada por Jesús. Él es el buen pastor. Todo su ministerio apostólico da testimonio de este servicio, hasta llegar al extremo de dar la vida por sus ovejas.
  • En los cementerios cristianos de los primeros siglos, es muy frecuente  encontrar representaciones de Jesucristo como un joven pastor que lleva sobre sus hombros una oveja. Es una delicada representación de nuestro Señor y Salvador.
  • Esta imagen de Jesucristo, buen pastor, nos habla de su infinita misericordia. Él se preocupa por cada uno de nosotros; no estamos desprotegidos; no hacemos parte de una masa anónima cuya suerte a nadie interesa. Como nos dice el texto, “Él llama a cada una por su nombre”. El Señor nos conoce mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Ha dado su vida por nosotros; por eso desea ardientemente que no hagamos mal uso de la libertad para que podamos llegar a la casa del Padre de todos.

Vayamos ahora a la segunda imagen que utiliza Jesús en esta catequesis que nos transmite el evangelista Juan: “Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos”. Se trata de una imagen muy simple, cuya comprensión no necesita ningún nivel de educación.

 

En la vida cotidiana, ¿qué significa una puerta cerrada? Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, el verbo cerrar significa “Asegurar con cerradura, pasador, pestillo, tranca u otro instrumento, una puerta, ventana, tapa, etc., para impedir que se abra”.”

 

Una puerta cerrada nos bloquea el acceso a otros espacios, impide la movilidad, restringe la libertad. ¿Cuál era  la condición humana antes de la auto-manifestación de Dios que llega a su plenitud en Jesucristo, revelador del Padre? La humanidad caminaba en tinieblas, no encontraba una respuesta a los interrogantes más profundos de la existencia, se sentía atrapada por unas fuerzas ciegas.

 

Con la Alianza que el Señor establece con Abrahán y sus descendientes, la puerta que estaba cerrada empieza a abrirse; el Señor dice: “Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”. Así esta comunidad elegida empieza a descubrir el misterio de ese Dios que es único, personal, trascendente, misericordioso.

 

Con Jesucristo, que es la plenitud de la revelación, la puerta se abre totalmente. Por eso, en este día nos debemos preguntar por el alcance de esta afirmación del Señor: “Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos”. ¿Qué nos dice? La encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección del Señor nos abre de par en par la puerta de la salvación:

  • A través de la parábola del Hijo pródigo, Jesús nos revela el amor misericordioso del Padre, que nos espera con los  brazos abiertos.
  • Nos comunica la vida divina pues  hemos alcanzado la condición de hijos.
  • Al participar de la resurrección del Señor, hemos logrado descifrar el enigma de la muerte, que ya no es sinónimo de destrucción sino de transformación.
  • Las parábolas del Reino nos invitan  a unirnos a este hermoso proyecto de sembrar semillas de fe, esperanza y amor en  el corazón de nuestros hermanos.
  • La fracción del pan es el lugar de encuentro de la comunidad, que se reúne para escuchar la Palabra y compartir el Pan de Vida y el Cáliz de Salvación. Allí se nutre y encuentra la fuerza para anunciar la buena noticia del resucitado.

Estas dos imágenes de Jesucristo como pastor y puerta, en su sencillez, nos comunican un rico mensaje. No estamos solos; el Señor es nuestro pastor, nada nos falta; su bondad y su misericordia nos acompañarán todos los días de nuestra vida. Su Pascua es puerta que nos permite descubrir espacios insospechados de amor misericordioso y esperanza. La existencia humana, que hasta entonces había estado marcada por la fatalidad y el pesimismo, queda impregnada de divinidad. Somos hijos y coherederos del Reino. Traspasar el umbral de nuestra creaturalidad era impensable, pero el Señor resucitado lo ha hecho posible.


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